Ediciones Singulares
25/09/2010
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El País, sábado 25 de septiembre de 2010
Suplemento Babelia
Así suena Thomas Mann
por Rosa Montero

De cuando en cuando te topas con libros maravillosos, y no me refiero solamente al contenido, sino también al continente, al objeto físico. Esto me ha sucedido con la colección «Los Escritores y la Música», unos volúmenes exquisitos y casi clandestinos, por lo desconocidos, que está sacando Ediciones Singulares. Como es evidente, de lo que se trata es de hacer una semblanza de un escritor abundando en su relación con la música. Los libros están primorosamente confeccionados y diseñados, tienen fotos buenísimas y textos bien hechos. Yo sólo he leído el volumen dedicado a Thomas Mann, que trae un prólogo formidable de Fernando Aramburu y un sólido e interesante ensayo de Blas Matamoro, y ha sido una lectura de relamerse, como quien degusta un platillo delicado y sabroso. Y, para postre, después de ese pequeño banquete de palabras, uno puede solazarse con el CD de música que viene con cada libro y que trae las grabaciones de las que se habla en el texto. En concreto, en el caso de Mann, hay fragmentos de Richard Strauss, de Gounod, Mahler, Britten, Hans Pfitzner, Schubert, Schönberg y, naturalmente, Richard Wagner. Más de 70 minutos de buena música. Y todo ese esfuerzo literario y profesional, esa edición hermosa, esa compilación discográfica única, sólo cuesta 19,90 euros. No conozco a los de Ediciones Singulares, pero creo que han hecho un gran trabajo.

De Thomas Mann ha escrito mucha gente, empezando por sus propios hijos, que hablaron de él en diversas memorias y le crearon una imagen de padre adusto y un poco terrible. Recordemos que se suicidaron dos de sus seis hijos, los dos varones, aunque el suicidio era un velo negro que pendía sobre la familia desde tiempos antiguos: también el padre de Mann se quitó la vida, así como las dos hermanas del escritor. Demasiada muerte y desesperación alrededor.

Tal vez por eso vemos a Mann empeñado en controlar lo incontrolable, es decir, empeñado en dominar su propia vida, ambición tan inane como la de contar las arenas del mar. Ya se sabe que el escritor iba a las playas con traje y corbata, totalmente inadecuado en ese entorno de cuerpos semidesnudos, de bañistas esbeltos que, por otra parte, le encendían el corazón. Como su inolvidable protagonista de Muerte en Venecia, Mann tenía una fuerte tendencia homoerótica. «Golo Mann sostenía que la homosexualidad de su padre, conocida por toda la familia, era de índole platónica», explica Aramburu. A los 75 años, por ejemplo, se enamoró perdidamente de un joven camarero a quien dedicó ardientes páginas secretas de sus diarios; pero el muchacho jamás se enteró, en su momento, de la devoción del escritor. Quiero decir que Mann estrangulaba o aherrojaba su sexualidad con el apretado nudo de esa corbata burguesa que no se quitaba ni en la playa. Él quería ser un hombre «como es debido», una persona de orden y de fundamento. Apena pensar qué podría haber hecho Mann en tiempos más permisivos. Si hubiera podido vivir su verdadera sexualidad, probablemente habría sido más feliz. Aunque quizá, quién sabe, eso no le hubiera mejorado como escritor.

Este precioso libro está lleno de datos interesantes y sutiles. Se habla de la relación de Mann con Strauss, con Pfitzner, con Mahler. Y se explica con certera concisión cómo reaccionaron los músicos ante esa gran prueba moral, esa ordalía personal que fue el nazismo: las pequeñas miserias de Strauss, la grandeza de Mann... Tanto el escritor como su familia eran muy musicales: todos tocaban algún instrumento o cantaban. «No soy un hombre visual, sino un músico desplazado a la literatura», escribió el premio Nobel en 1947. En realidad se podría dividir a los escritores, en especial a los novelistas, entre autores que ven y autores que oyen. Hay escritores fundamentalmente oníricos, rememorativos, táctiles; y otros parecen redactar sus libros al ritmo inaudible de un metrónomo interior. Entre los literatos melómanos está Mann, o Alejo Carpentier, o Vikram Seth. En el otro extremo están los autores reacios a cualquier tipo de melodía, y el sordo más famoso debe de ser el gran Vladímir Nabokov, que odiaba la música pero veía las palabras en colores.

Para Mann, en cambio, la música era una especie de esqueleto intangible que le ayudaba a mantenerse en pie. Contra el horror. Contra las muchas muertes merodeantes. De todo eso trata este volumen, y también de detalles amenos y curiosos, como, por ejemplo, que Mann basó su personaje de Muerte en Venecia en Gustav Mahler (para escándalo de algunos biempensantes), o que se inspiró en el compositor Schönberg para crear a Leverkühn, el músico protagonista de Doctor Faustus, que aparece en la novela como el inventor de la música atonal. En 1948 Mann envió un ejemplar del Faustus a Schönberg con una dedicatoria en la que reconocía que Leverkühn era él, y el compositor se agarró un cabreo monumental: «Schönberg desea que yo aclare que el atonalismo es un invento suyo y no del Demonio», escribió burlonamente Mann en una carta a un amigo. Este libro delicioso, en fin, es capaz de aunar lo leve y lo profundo. ¡Y, además, suena! En la colección de Los Escritores y la Música también han sacado a Proust, Tolstói, Shakespeare, Dante y Goethe. Al parecer son títulos difíciles de encontrar, pero sé que algunas librerías los tienen (como la Rafael Alberti, calle del Tutor, 57, Madrid). Yo voy a comprarlos todos. 

 
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